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viernes, 25 de septiembre de 2009

"el irresponsable retorno de Zelaya" titula editorial de La Nación en reflexión profunda!


Mas allá del derecho que asiste a un presidente depuesto a retornar a su país, Manuel Zelaya no midió las consecuencias de esta decisión o, quizá, pensó que con su mera presencia en Honduras iba a vencer la carrera hacia el olvido que había emprendido el presidente de facto, Roberto Micheletti. La inesperada aparición de Zelaya en la embajada de Brasil en Tegucigalpa representa no sólo un problema interno, sino, también, un reto para la comunidad internacional en coincidencia con la Asamblea General de las Naciones Unidas.

En ella, la mayoría de los presidentes de América latina abogó por la restitución de los plenos poderes a Zelaya, derrocado el 28 de junio tras su fallido intento de validar un referéndum en el cual iba a ser consultada la ciudadanía sobre la posibilidad de que fuera reelegido a contramano de la Constitución. Esa es la vía alentada habitualmente por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, tras suscribir acuerdos de entrega de petróleo subsidiado a cambio de favores políticos, como ocurre en Nicaragua, Ecuador, Bolivia y, sin referéndums ni elecciones libres, Cuba.

Esa vía, populista y autoritaria, abreva en el desencanto de la población con la década pasada y el hechizo de líderes que simulan parecerse a la gente de a pie y, en realidad, no hacen más que aprovecharse de ese malestar para plasmar proyectos personales demagógicos en los cuales priman los eslóganes baratos y anticuados contra la oligarquía nativa y el imperialismo yanqui. Ninguno de ellos, excepto aumentar en forma desmesurada la burocracia estatal, ha demostrado hasta ahora resultados positivos en sus gestiones.

Por la súbita reaparición de Zelaya, la capital de Honduras se ha convertido en un polvorín en el cual sus partidarios y sus detractores, acompañados por las fuerzas de seguridad, han puesto de nuevo en vilo al país y la comunidad internacional. Si el golpe de Estado fue una imprudencia, el retorno del presidente depuesto en estas condiciones ha sido también insensato. Sobre todo, porque no se trata de un conflicto doméstico: Luiz Inacio Lula da Silva, en cuyo territorio se encuentra atrincherado y privado de los servicios esenciales, ha advertido a Micheletti que no se le ocurra tomar represalias contra la embajada de su país. Esto significa algo más que un aviso.

En los escasos tres meses que transcurrieron desde la expulsión de Zelaya, tanto Lula como Barack Obama han jugado fuerte a favor de su restitución. Chávez, abroquelado con sus aliados habituales, entre los cuales se cuenta a la presidenta Cristina Kirchner, les ha pedido mayor rigor, lo cual deja traslucir ese doble discurso por el cual si los Estados Unidos intervienen, son imperialistas, y si no intervienen o, como en este caso, brindan a la diplomacia el espacio que merece, son cobardes o, en definitiva, tienen interés en favorecer a las autoridades ilegítimas.

Lo llamativo en este proceso, en el cual Micheletti apostaba al desgaste hasta llegar a las elecciones presidenciales de noviembre, es la imprevisión tras los dos intentos de retorno de Zelaya. La imprevisión, en un gobierno de facto que apela al toque de queda desde el primer día, se resume en la posibilidad de enfrentamientos y un caos generalizado capaz de avivar aún más las llamas de los odios mutuos.

El inminente ingreso de una misión de la Organización de los Estados Americanos (OEA) no debió ser posterior, sino anterior a la vuelta de Zelaya, para evitar, precisamente, la violencia en la que está envuelta Tegucigalpa y por la cual hay muertos y heridos. La irresponsabilidad, más allá del derecho que asista a un presidente elegido en forma democrática, no puede contar con adeptos entre los presidentes que, como el continente todo, esperan que Honduras retome el camino del orden y la paz.

En estos meses, tanto las autoridades como los empresarios y los militares de Honduras han rubricado una suerte de acuerdo por el cual se muestran dispuestos a hacer frente a las sanciones económicas con las cuales han sido amenazados por los Estados Unidos y la Unión Europea para mantener a raya, o fuera de juego, a Zelaya. Esa actitud, acaso un pasaporte al aislamiento diplomático de la OEA y otros foros, no debe ser entendida sólo como una actitud golpista. Prevalece detrás de ella el temor a parecerse a Venezuela, donde las libertades son cada vez más restringidas y las decisiones tienen una sola e inconfundible voz.

Al margen de los detalles aún desconocidos sobre el derrotero que siguió Zelaya para su retorno, la recepción en una legación diplomática extranjera implica una responsabilidad, o una irresponsabilidad, compartida. De algunos presidentes no puede esperarse mesura. De otros debería esperarse algo mejor que haber convalidado el plan de regreso por la fuerza de un presidente tumbado por los militares de su país sin prever la innecesaria incitación a la violencia, capaz de dejar secuelas irreparables en toda la región.


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