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miércoles, 3 de junio de 2009

un estudio chileno poco menos que aplaude "el realismo de Evo" al ir en favor de Chile, contra Perú



 ¿Qué sucede cuando una  suma de hechos meramente coyunturales se transforma en cambios estructurales? Justamente de esto estamos hablando cuando leemos las declaraciones de Evo Morales, pero sobre todo, cuando mantenemos un seguimiento de lo que ha sido su postura hacia Chile y su vecino peruano. Hechos que parecían desconectados entre sí, hoy se han cristalizado en lo que parece ser un cambio estructural en la postura exterior vecinal boliviana, tanto hacia Chile como Perú.

Evo parecer estar consciente que, para el electorado chileno, la percepción de pérdida de siquiera un metro cuadrado de territorio en favor de Perú podría lapidar su acceso al Océano Pacífico. Lo anterior posee una lógica política clara: la población chilena no aceptaría transformar la agenda de 13 puntos en un  acuerdo que termine por ceder una salida al mar a Bolivia. “Perder”nuevamente territorios sería prohibitivo para Chile. Intolerable, incluso, si esto significa retrotraernos a los peores momentos de nuestras relaciones con el Palacio Quemado boliviano.

Por otro lado. Evo parece también estar consciente que ante el escenario anterior, el “precio territorial” que Bolivia debería pagar a Chile a cambio de un enclave boliviano en el norte de nuestro país sería mayor. ¿Por qué no hablar de palabras mayores como el intercambio de territorios entre un enclave soberano en favor del vecino boliviano a cambio de lo que llamo un “enclave energético” en el sur de Bolivia, léase Tarija o santa Cruz de la Sierra?  Parece política ficción, pero tiene más aires de un ejercicio de escenarios, altamente plausible de ser explorado.

Peor aún para Evo Morales si la pretensión marítima peruana ante La Haya es descartada por dicho tribunal. La respuesta peruana sería durísima, haciendo validar lo que ellos consideran el “vinculo de soberanía” que mantendrían sobre territorio ariqueño. Negar pan y aguaa la dirigencia masista, descartando de plano, bajo la lógica de una política de represalias políticas, toda cesión de una franja territorial a Bolivia. Por estas razones Evo Morales apuesta el todo por el todo en favor de Chile. La demanda ante La Haya peruana solidifica la postura oficiosa y sistemática peruana en orden a buscar mantener en forma permanente el enclaustramiento boliviano, alimentando con ello, una animosidad historica hacia Chile por parte de dicho país. Hoy eso ya está dejando de aplicarse.

Pero, aterricemos en el fondo de las declaraciones emitidas por el mandatario boliviano. Las palabras y las acciones de Evo Morales hacia Chile y Perú  hablan de una transformación del mapa geopolítico subregional, en específico del mapa de la costa sur del Pacífico sudamericano.

Junto al acercamiento chileno-boliviano, que digámoslo, tiene un carácter eminentemente instrumental y utilitario dadas las diferencias en cuanto a la naturaleza ideológica de ambos gobiernos y Estados, estamos presenciando que la identificación del Perú y su gobierno como fuente de animosidad boliviana crece día a día. No es por nada que Torre Tagle acogió a los bolivianos “orientales” perseguidos por la justicia de dicho país: el régimen de Alan García necesita mantener una presencia en Bolivia, y ¿por qué no hacerlo en el espacio “oriental” boliviano, aquel que predica las misma lógica económica liberal que ellos?

Más allá de lo anterior, queda claro que el asilamiento geopolítico del Perú está tomando forma. Se cristaliza. Tácticamente hablando, el Perú podría obtener una victoria ante La Haya, pero desde el punto de vista estratégico, se acerca a una derrota política que marcará su posicionamiento vecinal y regional en forma negativa.

El Tratado de Alianza Defensiva entre Perú y Bolivia de 1873, el que marcó y simbolizó una alianza duradera de casi  135 años entre ambos países, está llegando a su fin.

Geopolíticamente hablando, el Perú y su clase política perdieron la oportunidad histórica en cuanto  a contribuir a  estructurar un eje liberal entre ellos, Colombia y Chile. En este sentido, no podía existir mejor momento y las mejores condiciones para que la agenda de futuro ofrecida por Chile a Torre Tagle terminara por sentar las bases para un cambio, esta vez estructural en el posicionamiento y en la percepción política entre ambos países.

Utilizar la simetría ideologica entre ambos gobiernos para generar una asociación estratégica que  desembocara en todos los aspectos de la vida social, política y económica chileno-peruana. En cambio, Perú eligió mantener la lógica de la rivalidad con Chile, esta vez no solo en el plano económico, sino que también en el ámbito territorial, político y militar. Una elección que, desgraciadamente, nos mantiene en un terreno conocido: cis vis pacem, para bellum.


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