jueves, 28 de noviembre de 2013

Para cuándo en Bolivia una Mujer como candidata a Presidente? pregunta Erika Brockmann con toda razón, porque como van las cosas...

A propósito de las elecciones en Chile, surge la pregunta inevitable ¿Se puede, en Bolivia, pensar en una mujer presidenciable en el corto plazo? Esta pregunta obliga a un análisis integral de la política en el país y en los países vecinos, todavía machistas pero con mujeres presidentas.


Me refiero a Rousseff, Bachelet e incluso a Fernández. Más allá de simpatías o antipatías, ellas difieren en su estilo de hacer y de decir las cosas. Mientras Cristina hace gala de gestos que evocan al populismo justicialista tan arraigado, Michelle y Dilma son amigas de la institucionalidad, menos polémicas y menos personalistas; sin embargo, ninguna de ellas es ave de paso en la política y, encaminadas hacia la relección, han consolidado modelos de liderazgos sostenibles y exitosos. Estuvieron en la lucha antidictatorial y con la recuperación democrática asumieron responsabilidades de Estado de creciente jerarquía en ámbitos no ‘típicamente femeninos’, sin que ello haya significado una actitud indiferente respecto a las reivindicaciones feministas de los últimos tiempos. Lo hicieron desafiando los obstáculos que representaba el odioso y elusivo techo de cristal de las múltiples discriminaciones.


Son dos las características que, más allá de matices, marcan la diferencia con Bolivia. En esos países se cuentan con organizaciones políticas estables y relativamente arraigadas en la sociedad, pero ante todo se suma otra característica fundamental: la alterabilidad de sus líderes presidenciables. El justicialismo en Argentina es sui generis, pero competitivo, y se reproduce más allá de cíclicas turbulencias; en la oposición ya suena fuerte el nombre de Elisa Carrió. En Brasil, la coalición del Partido de Trabajadores tuvo en Lula un líder democrático que optó por no perpetuarse en el poder, facilitando una sucesión exitosa. En Chile, la Concertación, desde un principio, tuvo reglas claras de competencia interna y alternancia para sus presidenciables, y la oposición chilena no parece reproducir la dependencia de caudillos ni de patriarcas omnipresentes.


En Bolivia, luego del colapso de 2004, el sistema político se reconfigura y rearma con dificultad. En el bloque oficial dominante, la ‘Evo latría’ le cierra el paso a la emergencia de nuevos liderazgo. Por otra parte, la gente espera de las oposiciones el advenimiento de otro caudillo salvador. Al caudillismo se suma el desprestigio del oficio político, la polarización extrema y una cultura clientelar, antídotos que estancan la renovación política con su tufillo patriarcal

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