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martes, 6 de abril de 2010

mientras Potosí opina que se venció al miedo Santa Cruz afirma que "es un golpe a la soberbia" lo del domingo electoral

Un golpe, y duro, acusa a estas alturas, la soberbia gobernante que, a la vez, teñida está de ensimismamiento personal. Y ese golpe duro se torna aún más manifiesto cuando se percibe un desmedido paréntesis de expectativa en torno de puñados de sufragios emitidos el domingo pasado y sobre los cuales se ciernen algunas dudas en cuanto a su legitimidad. Claro, no puede ser de otra manera pues de tales puñados depende avanzar un escaño siquiera en el plano de la medianía en que ha quedado instalado el oficialismo una vez cumplido el juego eleccionario.
Previo al plebiscito dominical era marcada, y profundamente, la actitud triunfalista del oficialismo gobernante. No cabía en la mente de hasta el menos informado y pesimista del sector en cuanto a quién, a “chicote alzao” se alzaría con el triunfo correspondiente a la consulta del día. A nadie le quitó el sueño la posibilidad de que la tortilla se diese vuelta. Estaba hecho carne en cada uno de los oficialistas, el convencimiento de que nadie les patearía el nido y lo forzara a ver ni de lejos la otra cara de la medalla.
La sonrisa confiada ancha en la cara era denominador común del oficialismo movilizado en el ejercicio democrático del sufragio. Y con ese talante rebosante, exultante, mejor dicho, de optimismo, luego de depositar el sufragio en las urnas, muchos quedaron merodeando los asientos electorales o retornaron a sus casas para disfrutar de una buena y larga siesta dominical, y aguardar la confirmación del triunfo oficialista, por los medios de comunicación, y por guarismos abrumadores y como tales inobjetables.
No resulta difícil imaginar los signos de incredulidad que se estamparon en cada rostro oficialista al escuchar a través de la radio y de la televisión que el oficialismo mentado resultaba mal parado luego de los primeros conteos de los sufragios. Y los signos de incredulidad eran mayores aún cuando los resultados desfavorables para el gobiernismo procedían de lugares, de plazas que otrora les habían sido adictos por márgenes amplios. Desde sus fueros internos, con toda seguridad, los oficialistas quedaban pendientes de una rectificación de informaciones y una formulación de excusas por el “grave error”. Rectificación y excusas que no se dieron, desde luego, y que sí más bien, multiplicadas se difundieron las confirmaciones en torno a las plazas que, prooficialistas ‘seguras’ en los cálculos previos, aparecían concreta y repetidamente con otro perfil extraño, en suma, cambiado totalmente.
El oficialismo sufrió un desgajamiento que su ensimismada dirección nunca esperó ni esperaba afrontar en lo por venir. Se desgajó, perdió terreno y no en regiones que no le eran favorables políticamente hablando, sino además, en las que se presentía que mangoneaba a su regalado gusto y hacía bailar la samba canuta. Mal no le viene a nadie reflexionar a la luz de los hechos y rectificar conductas y actitudes.

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