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sábado, 13 de marzo de 2010

"repartir palos entre ciegos" o "llorar sobre la leche derramada" cuando E.D. se refiere al terrorismo sin balas y que el oficialismo persigue consaña

Una expresión corriente de nuestra habla popular es aquella contenida en el encabezamiento de este comentario: llorar por la leche derramada. Alude tal expresión, frecuente en boca de nuestros mayores y ya ignorada o más bien en desuso hoy, a lo de lamentar, a lo de sentir pena por lo que no tiene remedio, como vendría a ser, por supuesto, lo de la leche derramada.
Aunque olvidada, aunque caduca la expresión de marras, muy nuestra, según nos parece, es con frecuencia que nosotros mismos, y con seguridad muchos de nuestro género y número, incurrimos en aquello de llorar por la leche derramada, en buen romance, lamentar lo que ya no tiene remedio de modo alguno.
Esta divagación viene a cuento del clima incierto, dudoso, confuso y hasta terrorífico, -esto último para algunas personas en particular- que se ha desatado sobre aquella conjura terrorífica y supuestamente separatista, disgregadora de la integridad patria, que tuvo su culminación en una balacera con saldo de muertos, en un establecimiento hotelero de esta ciudad.
Bueno pues, el sangriento hecho en cuestión derivó, -y otra cosa no se podía esperar-, en severas investigaciones policiales, enjuiciamientos rápidos con acusaciones, recusaciones, sospechas, excusas, de varios calibres, cuantos caven, las diligencias en fin y hasta la presunción de móviles políticos tras algunas diligencias con matices muy graves, directos o indirectos de inculpación.
Y es a consecuencia de ese clima incierto, amenazador, lapidario más bien para algunos, que aplicamos aquello de lo inútil que resulta llorar sobre la lecha derramada. Porque es en esa inoficiosa actitud en que nos colocamos al emitir nuestro criterio en este caso.
Por los antecedentes, se sabe que los organismos competentes del Estado sabían de la conjura separatista y que seguían casi paso a paso las malandanzas condenables de los conjurados. Posteriormente, y en torno al fuego graneado que puso fin a la vida de los conjurados, trascendió que a éstos no se les dio margen para repeler el ataque que al final acabó con ellos sin que llegasen a disparar un solo tiro ni a proclamar su rendición.
Si así se dieron las cosas, si se entró a sangre y fuego y se puso fin a la vida de los conjurados, ¿por qué, -y aquí viene lo de llorar sobre la leche derramada-, no se tuvo la previsión, puesto que la situación estaba plenamente controlada, de tomar presos a los conjurados o perdonar la vida de alguno de ellos a fin de utilizarlos para que, al margen de toda duda o de audaces conjeturas, suministraran por boca propia y a la luz del sol, aportes para la verdad limpia y desnuda?
La impresión de estar repartiendo palo de ciegos que hoy alarma y asusta no se hubiese dado, ¿no es cierto? Mas, no llegamos a nada llorando soble la leche derramada.

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