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viernes, 19 de agosto de 2011

corifeos y tartufos del régimen imperante se sorprenden que los partidos defiendan a "los originarios" hoy como nunca lo hicieron. algunas razones expone El Dia.


Hace unos años, cuando el presidente Morales estuvo de visita en Ecuador, durante un encuentro internacional de indígenas, los participantes le hicieron saber su desconfianza hacia él, porque en realidad nunca lo han considerado un genuino representante de los pueblos originarios. No habla una lengua nativa, tampoco es líder de una comunidad ancestral como un ayllu o una marca y lo que es peor, no está casado ni ha formado una familia, que para las diferentes etnias que habitan el continente es un deshonor intolerable.

Aquella vez en Quito, Evo Morales pasó un mal rato con los indígenas ya que éstos se negaron a proporcionarle un intérprete y si bien no lo acusaron de impostor, le dijeron que lo iban a poner a prueba, porque de todas maneras existía la oportunidad de que un líder con sangre indígena y con un discurso reivindicacionista pudiera hacer algo por ellos.

A nivel interno, los indígenas del oriente boliviano se plegaron casi ciegamente al “proceso de cambio” confiados en conseguir la representación que les pueda devolver la dignidad y el respeto a sus territorios. Las demandas de estos pueblos ya se habían convertido en la piedra en el zapato de los anteriores gobiernos, que fueron capaces de responder al menos con algunas medidas como la creación de las Tierras Comunitarias de Origen (TCO), la Ley de Participación Popular y una ley forestal que establecía regímenes mucho más respetuosos del medio ambiente y relaciones de armonía con las etnias que habitan las reservas naturales y los parques nacionales.

Los nativos de las tierras bajas siempre han marchado. Esa ha sido una costumbre ancestral. Buscan la Loma Santa, la Tierra sin Mal y lo hacen dignamente, acompañados de sus familias y de sus hijos. No agreden, no insultan y tampoco saben prestarse a esas jugarretas del diálogo y las negociaciones que son ya clásicas en el sindicalismo boliviano, cuyo principal heredero es precisamente Evo Morales.

Durante todos estos años los indígenas no han marchado, pese a que no han conseguido más que insultos y rechazo. Les habían prometido representación asegurada para cada una de las 36 naciones originarias en la Asamblea Legislativa Plurinacional y no les dieron más que siete; en la Asamblea Departamental de Santa Cruz han colocado a una falsa indígena como delegada de un pueblo híbrido que no existe; hace mucho que el presidente Morales les dijo a los líderes del oriente que la famosa consulta que fue consignada en la Constitución es algo que no se puede cumplir y por último, acaban de decirles que todo eso fue simplemente una farsa.

El presidente Morales se ha jugado de lleno por los cocaleros. A ellos les prometió construirles una carretera y dice que se hará aunque vaya a pasar por encima de los indígenas que piden respeto por sus territorios. Ahora los productores de coca dicen que el progreso no se puede detener por “unos cuántos indígenas” y el primer mandatario afirma que no tiene tiempo de ir a dialogar con ellos. Una concursante de belleza con apellido gringo, que promociona bebidas extranjeras en traje de baño y que funge de mandamás en el Beni, no duda en basurear a los moxeños y yuracarés, a los que les había prometido terminar con la “política de canchón” en aquel departamento. A lo mejor no se explicó bien y su idea era solo un cambio de dueño. Es más o menos lo que dijo el primer mandatario, solo que él propone entregar los territorios con las mujeres incluidas.
Los nativos de las tierras bajas siempre han marchado. Esa ha sido una costumbre ancestral. Buscan la Tierra sin Mal y lo hacen dignamente, acompañados de sus familias y de sus hijos.

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