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martes, 19 de agosto de 2014

Manfredo Kemppf se pregunta: ¿qué representa la wipala? ¿A quién? ¿Qué es en el fondo? Hemos visto algo parecido a la wipala en la sala del trono del Alcázar de Segovia, mejor dicho banderas de los tercios del emperador Carlos V, de los soldados españoles que combatieron en Flandes y otras partes, bastante desteñidas por el tiempo. No mantienen esas wipalas los vivos colores de las agrupaciones de homosexuales, lesbianas y transexuales que observamos hoy con tanta frecuencia.

Ahora que se celebra el Día de la Bandera hay que admitir que entre los muchos absurdos que tiene la Constitución del año 2009, está el de haber instituido, con bombos y platillos, la wipala como uno de los símbolos nacionales, junto a nuestra tricolor, el escudo de armas, el himno y la escarapela. La kantuta y el patujú, se agregaron folklóricamente, porque, como buenos buhoneros que somos, no podían estar ausentes.

Lo de la flor del patujú fue una forma sibilina de equilibrar el avasallamiento andino que significaba el uso obligatorio de la wipala y la menos rigurosa mención de la kantuta, lo que dejaba al oriente boliviano sin otros símbolos que no fueran los de siempre. Habría sido mejor. Los constituyentes buscaron un equilibrio regional, así fuera  forzado, sacando de la galera la flor del patujú, aunque es bueno afirmar que los orientales, menos patrioteros, no lo hemos tomado muy en serio.
Desde la promulgación de la Carta Magna del 2009, se trató de imponer por la fuerza a la wipala. Era una exigencia demagógica de la nueva política indigenista que se está tratando de establecer a rajatabla en el país. Si la Constitución lo decía había que cumplir. No obstante, hay muchas cosas que dice la Constitución y que no cumple nadie. En el caso de los símbolos por ejemplo, en el país importa la bandera nacional y luego las banderas departamentales. Naturalmente que el himno nacional y el escudo de armas. De ahí para delante todo es pura chafalonía.
Para ser más claros, la wipala, en la práctica, no es un símbolo nacional, sino indígena andino. Como la flor del patujú podría ser indígena camba. Pero la wipala tiene un pecado de nacimiento y es que está identificada con el Movimiento al Socialismo (MAS). La wipala es mucho más importante en el MAS que los colores azul y negro de su banderola política. Y afirmamos que es un pecado original porque por donde se ven wipalas se ven masistas y donde no hay masistas, no hay wipalas.
Flamea la wipala en el frontis del Palacio de Gobierno, claro. También en el Congreso y nos imaginamos que en la Cancillería y en otros ministerios. Los sufridos empleados públicos llevan sus banderitas con la wipala en los desfiles cívicos porque están resguardando su pega, no porque la amen. Llevan la wipala de papel algunos alumnos de colegios fiscales, porque también los maestros defienden su fuente de trabajo, no por otra cosa. Pero la wipala sigue siendo ajena, sigue siendo algo extraño y forzado.
Los militares y los policías deben ser de las pocas instituciones que más respetan la wipala. Eso sucede porque la wipala la tienen impresa o bordada en sus uniformes junto a los colores nacionales. Sobre todo a los militares quieren imponerles la wipala a como dé lugar. No hemos estado en el Colegio Militar desde hace mucho tiempo, ni tampoco en  guarniciones, y no sabemos si la wipala ondea en esos recintos junto a la bandera tricolor y a su misma altura. Sucede que militares y policías están permanentemente visitados por S.E. y temen desairarlo. Finalmente, si ya han aceptado en cada saludo lo de “patria o muerte…venceremos” y lo de “hermano presidente” voz en cuello, qué más da que flamee la wipala.  Además, los militares sobre todo, están haciendo un culto del respeto a la Constitución y las leyes que puede dejar pasmado a cualquier otro ejército. Los militares en Bolivia son de extremos: u obedecen a pie juntillas la institucionalidad o la borran del mapa durante años.
Pero, ¿qué representa la wipala? ¿A quién? ¿Qué es en el fondo? Hemos visto algo parecido a la wipala en la sala del trono del Alcázar de Segovia, mejor dicho banderas de los tercios del emperador  Carlos V, de los soldados españoles que combatieron en Flandes y otras partes, bastante desteñidas por el tiempo. No mantienen esas wipalas los vivos colores de las agrupaciones de homosexuales, lesbianas y transexuales que observamos hoy con  tanta frecuencia.
De ahí que muchos piensan que la wipala no es herencia de nuestros originarios pre-colombinos sino de sus conquistadores hispanos. Pese a lo que dicen algunos amautas, la wipala ni siquiera parece ser posterior a la simbología que le ha dado el llamado Orgullo Gay. No habíamos visto, hasta comienzos de siglo, flamear una sola wipala en Bolivia. Dice Wikipedia que la wipala es la descomposición de los colores del arco iris que para los aymaras y quechuas significaría la “expresión del pensamiento filosófico andino”, la “expresión dialéctica del Pacha-kama y de la Pacha-mama”.
Sea como sea esto de la wipala resulta totalmente forzado, un asunto de dudoso efecto, difícilmente sustentable, admitido con escrúpulos muy serios por algunos de los constituyentes del 2009. Es algo que no representa el ser nacional, aunque sí, recientemente, a algunos pueblos originarios del occidente de Bolivia y sobre todo es el emblema del MAS, un partido político adorador de mitos. A la wipala, por eso, no le aguarda larga vida.

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