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miércoles, 23 de junio de 2010

copiando la "inédita Cuba" Evo quiere una "democracia masista" sin disenso, donde todos estén de acuerdo y levanten la mano. qué falta de respeto!

El disenso, el no estar de acuerdo, la capacidad de emitir opiniones contrarias a lo actuado por la autoridad competente, es un valor democrático fundamental. Ese disenso es -reiteramos- un valor democrático intrínseco; ninguna comunidad pluralista sería tal hoy en día sin la existencia de opiniones adversas. En democracia, el disenso es tan o más importante que el mejor publicitado consenso.
Los aspectos esenciales de una democracia son: la regla de la mayoría, la protección de las minorías y la institucionalización del disenso. Esta última regla no siempre se aplica como corresponde, especialmente en la Bolivia de nuestros días, donde el no estar de acuerdo –el ser opositor- parece más un pecado mortal que lo que es: una virtud democrática a ser atesorada y resguardada.
El poder expresar públicamente una de saprobación es la clave esencial de la institucionalidad democrática. El flujo y reflujo de la mayoría dominante de hoy (quizá minoría mañana) con el ingrediente esencial del disenso, es lo que dinamiza a una sociedad verazmente pluralista.
Los opositores de hoy pueden ser la mayoría en el futuro. Entonces y estando al mando, podrán aquilatar los cambios previos, modificarlos o hasta anularlos. Pero la propia funcionalidad de la ecuación “consenso-respeto-disenso”, ya en sí misma permite avistar que la marcha hacia adelante no se estanca. Si en lugar de institucionalizar el disenso se institucionaliza el consenso, las cosas no marcharán bien. El ritmo de cambio decae. La procura de unanimidad puede hacer que las transformaciones sean imposibles.
Aparentemente, parece mucho más “democrático” el consenso, pero la historia de las ideas políticas prueba lo contrario. Los consensos forjan a la larga conductas dictatoriales, o bien terminan inmovilizando a una sociedad democrática y reducen su flexibilidad.
El que manda con un mandato legítimo, debe mandar y tomar decisiones sin procurar agradar a todos. También debe, obviamente, respetar a los que no coinciden con su mando. Si los dueños del poder recurren al expediente de aplastar o eliminar a sus opositores, andaremos por un muy mal sendero, por el principio del fin de la democracia.
El querer imponer la voluntad propia a como dé lugar siempre será fuente de problemas, hasta en los hogares particulares. Ni hablar si se trata de un estado nacional contemporáneo. Algo de eso sucede en la Bolivia de hoy y enciende luces de alarma. El Gobierno de Evo Morales debe comprender que puede gobernar y mandar sin por ello dejar de respetar y de tomar en cuenta a la minoría. Es más, debe preservar y cuidar a esa minoría opositora si quiere seguir ostentando el membrete de la democracia. Caso contrario entraríamos en el camino del principio del totalitarismo, como ya se percibe en varios sectores y por causa de diversas actitudes del oficialismo.
Las democracias de este Siglo XXI tienen que procurar la creación de sistemas políticos abiertos, adaptativos, flexibles y con permanente capacidad renovadora. El gobierno de la mayoría, el respeto de las minorías y percibir que el disenso no sólo es inevitable y necesario sino que hasta puede ser beneficioso para el futuro de la sociedad, es lo que hace falta aquí y ahora.


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