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lunes, 16 de enero de 2012

Julieta Montaño se refiere a la brutal tortura y asesinato de Christian Urresti y a los sucesos de Yapacaní que atribuye a los que sembrando vientos están ahora "cosehando tempestades"

El mes de enero transcurre dejando dolor y luto en familias bolivianas, coincidentemente fue en la misma fecha en la que hace 5 años atrás fue torturado y brutalmente asesinado el joven Christian Urresti; ambos sucesos resultado de la sinrazón y la soberbia que privilegió la violencia sobre el diálogo.

Oficialmente fueron tres los jóvenes que perdieron la vida, aunque extraoficialmente se dice que hay un cuarto muerto cuyos familiares no desean que se informe sobre su deceso por razones religiosas.

Pero, así sea uno solo el muerto tiene que preocuparnos. No es posible que problemas que generan malestar social no sean oportunamente atendidos por los encargados de garantizar la paz y la tranquilidad sociales.

Habitualmente las situaciones que salen de control por la ineficiencia o indiferencia de las autoridades llamadas por ley, se pretende resolver con la acción policial como ocurrió en esta ocasión en la que se envió un contingente de policías a objeto de que hagan lo que saben hacer y para lo que se les ha preparado: reprimir a los que son señalados como causantes del desorden social. Lamentablemente, el resultado, además de los muertos y heridos entre la sociedad civil, es de policías heridos de gravedad, incluso se dice que alguno ha perdido el ojo, consecuencias de las que nadie se hará responsable y las víctimas de uno y otro lado terminarán en el olvido y abandono total en una muestra más del desprecio a la vida, la integridad y la dignidad humana.

La movilización de la población de Yapacaní es una más de las muchas que a lo largo de los años de Gobierno del MAS se han realizado para destituir a autoridades legítimamente elegidas que no responden a los lineamientos del oficialismo, no cuentan con la venia de los mandos influyentes del partido o tienen discrepancias con ellos. Fue una siembra sistemática y permanente de malas prácticas políticas, de intolerancia e irrespeto a las reglas de la democracia, que mientras era ejecutada por “los movimientos sociales” afines al Gobierno contra “derechistas, neoliberales e imperialistas”, gozaba de la aceptación y beneplácito de las autoridades. Es decir, sembraron vientos que van aumentando en intensidad llevándose por delante incluso a miembros del propio partido.

Hoy a los prolijos sembradores de vientos les toca cosechar tempestades con el costo político que ello supone, pero por desgracia sus efectos nocivos afectan a toda la población, razón por la que debemos exigir se extremen esfuerzos para frenar el malestar social aplicando las reglas democráticas en la solución de conflictos.

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