domingo, 26 de septiembre de 2010

la soberbia actitud de Evo al desconocer su propia firma y los decretos que posibilitaron su segunda postulación "daña a la democracia" según El Deber

El art. 166 de la actual Constitución Política del Estado (CPE) es absoluta y meridianamente claro: “El período o mandato de la Presidenta o del Presidente del Estado, es de cinco años, y pueden ser reelectas o reelectos por una sola vez de manera continua”.
“POR UNA SOLA VEZ”. Así, en mayúsculas, cualquiera con dos dedos de frente percibe en el referido parágrafo tan contundente precisión constitucional. El presidente Evo Morales Ayma cumple ya su segundo tránsito temporal por el poder político, el mismo que concluirá en el año 2015. De ahí para adelante, la Carta Magna que él mismo hiciera aprobar por su aplastante mayoría parlamentaria en la Asamblea Plurinacional le cierra totalmente las puertas a una nueva reelección.
Ni siquiera le permite falsas interpretaciones que le abran ciertos resquicios hacia el referido objetivo. En sus respuestas a preguntas de un periodista de la cadena televisiva CNN de Estados Unidos, el presidente Morales hizo gala de muchas de aquéllas, sin molestarse siquiera por el engañoso carácter de sus afirmaciones, referida una de ellas al respaldo que le brindaría el nuevo orden constitucional boliviano para continuar un quinquenio más en el Palacio Quemado de La Paz, elecciones presidenciales mediante.
Otro de sus alegatos aludía al pueblo, que es fuente de la soberanía nacional. Dijo que sería aquél quien, en última instancia, decidiese si continúa o no en el poder político. Naturalmente que ni remotamente reparaba siquiera que conforme a los preceptos constitucionales en vigencia, ese pueblo no va a las urnas, para fines de reelección presidencial o no, cuantas veces se le ocurra a quien hace pasantía quinquenal por el Gobierno nacional. El ciudadano acude a sufragar para acreditar su voluntad política en el voto mayoritario únicamente en los casos previstos por las normas que desde la CPE definen lo que en tal orden de cosas se debe o no se debe hacer en el país.
Si revisamos la historia de Bolivia, encontramos que el prorroguismo del mandato presidencial operó siempre efectos de desestabilizacion política, algunas veces con resultados sangrientos. Cabe recordar el vía crucis que tuvo que sufrir el presidente Hernando Siles, antes de la Guerra del Chaco, al no ceder en su empeño de ir a las urnas para que el pueblo lo eligiera por un nuevo periodo presidencial. El continuismo corrió igualmente en contra del propio Víctor Paz Estenssoro, quien en 1964 fue derrocado por un cruento golpe militar.
Naturalmente que los de hoy son nuevos tiempos que excluyen tan lamentables soluciones de fuerza, pero no despejan totalmente los riesgos de graves entreveros políticos y sociales inherentes a una intención presidencial de prórroga de mandato.
Ahora mismo vemos a una oposición seriamente preocupada porque Evo Morales proclame a los cuatro vientos que quiere la reelección, mientras algunos sectores sociales que lo apoyan demandan lo mismo, en tanto que otros, que ya empiezan a desgajarse del Movimiento al Socialismo (MAS), se pronuncian contra el continuismo.
Es fundada la aprensión opositora porque con sus afanes ‘reeleccionistas’, Evo Morales Ayma y su instrumento político no harían otra cosa que dañar a una todavía incipiente democracia que a los bolivianos tanto nos costó conquistar en 1982 y que permanentemente nos urge preservar y fortalecer.


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