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lunes, 17 de septiembre de 2012

Fernando Salazar internacionalista reconocido se refiere "al estado de guerra" que se está generando por la susceptibilidad del vecino que ve "un rearme peligroso" en Bolivia


Cuando me incorporé, hace algunos años, al Instituto Paraguayo de Derecho Internacional relaté la historia de que mi padre, como todos los de su generación, fue partícipe de la Guerra del Chaco. Experimentó el fragor de las batallas, el calor de las arenas, la falta de comida y agua, el temor a balas enemigas y enfermedades tropicales y, finalmente, fue hecho prisionero y llevado a Asunción por casi dos años.
Si algún reproche escuché de él por esa su experiencia, no fue contra los paraguayos, sino contra los políticos que propiciaron lo que Augusto Céspedes denominó como una “guerra estúpida”. Al contrario, a través de mi padre, aprendí a querer a los paraguayos que le demostraron una calidez humana que él siempre recordaba con cariño.
Dentro de este marco, resulta chocante percatarse de una suerte de antibolivianismo que ha resurgido en las últimas semanas en la arena política paraguaya.
El escenario es el Congreso paraguayo, donde parlamentarios manejan la hipótesis de que Paraguay corre el peligro de sufrir una agresión armada de sus vecinos. Afirmando este supuesto peligro, jefes militares y miembros del Gabinete reiteraron una frase seguramente destinada a impactar a la opinión pública: “Hoy en día, Bolivia nos puede pulverizar”.
Para dar mayor contenido a esta pueril parodia política, las Fuerzas Armadas paraguayas, con el apoyo del Gobierno de Federico Franco, pidieron al Congreso la asignación de 560 millones de dólares para la adquisición de aviones, radares, cohetes anti-tanques, lanchas, fusiles y vehículos. Todo ello fue corroborado por Benicio Melgarejo, comandante de las Fuerzas Armadas de Paraguay.
En otras palabras, Paraguay quiere armarse para defenderse de una supuesta agresión boliviana, acusando a nuestro país de que, con colaboración venezolana, estaría armando su frontera, lo cual, según el parlamentario Alfonso González Núñez, sería un “inminente peligro que acecha a la soberanía nacional”.
¿Cómo entender esta insólita incitación a la guerra de parte de Paraguay? La respuesta emerge del ámbito interno: su actual Gobierno tiene una necesidad imperiosa de legitimarse, dado su espurio, aunque constitucional, origen. Escoger el alarmista camino de que Bolivia busca “emprender una ofensiva armada en gran escala” contra Paraguay es la peor forma de conseguir este propósito interno.
La Guerra del Chaco fue, efectivamente, una guerra estúpida alentada por intereses transnacionales, a los que le hicieron juegos políticos con una visión chata de futuro. Esa guerra es ahora historia. Es, además y paradójicamente, el punto de encuentro de donde ha germinado una nueva amistad paraguayo-boliviana que, superando lo que nos enfrentó, encara el mañana con constantes esfuerzos integradores.
Si hay algo que debe ser ‘pulverizado’ es precisamente esa retrograda visión belicista que están utilizando algunos políticos paraguayos que, con una mentalidad enteca, quieren enfrentar a dos países hermanos destinados a tener un futuro compartido.
Frente a esta inmotivada y belicosa afrenta paraguaya, solo resta responder con las palabras de esa talentosa diplomática paraguaya, Julia Velilla Laconich: “Ha habido entre nuestros Estados más animosidades postizas que verdaderas. Tenemos que construir los umbrales del futuro y debemos lograr una nueva era de unión en paz, democracia y libertad, actuando sin temores, sin celos, ni recelos. Como nunca en la historia, las condiciones morales, culturales, políticas y económicas, nos indican un destino de auténtica integración”.
(*) Abogado e  internacionalista

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