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miércoles, 23 de febrero de 2011

visión profética aunque certera de Los Tiempos cuando juzga la rebelión de los jóvenes contra Gadaffi en Libia


Ante la atónita mirada del mundo, que no termina de salir del asombro que provoca la magnitud y extensión de la ola de revoluciones que se inició con la inmolación de un joven el 17 de diciembre pasado en Túnez, Libia se ha convertido en el más reciente escenario de un fenómeno que hasta hace poco hubiera parecido inconcebible. Muamar al Gadafi, cuyo régimen despótico inaugurado en 1969 es el segundo más duradero de la historia contemporánea después del que encabezó Fidel Castro, está siendo desafiado por su pueblo que, como en Egipto y Túnez, se le enfrenta espontáneamente, sin líderes, sin organización, sin armas, sólo con la decisión colectiva de poner fin a la tiranía y conquistar la libertad.

De nada ha servido que Libia sea uno de los países más herméticamente cerrados a la mirada del exterior y que sus ciudadanos vivan sometidos a un riguroso régimen de censura informativa. Ni que el régimen lleve a su máximo nivel las medidas de censura contra los medios de comunicación y desconecte a su país de Internet. Ya la chispa de la rebelión se encendió y la única manera de apagarla, como tácitamente lo ha reconocido Gadafi en su discurso de ayer, sería ahogarla en un inmenso baño de sangre para exterminar “casa por casa (…) hasta la última rata”.

Ante tan dramáticos y extraordinarios hechos y, peor aún, ante la posibilidad de que se multipliquen y reproduzcan a lo largo y ancho del Medio Oriente e incluso lleguen a países como China, donde otro régimen dictatorial mantiene en estado latente similares demandas de democracia y libertad, los líderes del mundo no atinan a reaccionar y sólo balbucean frases vacías que sólo dejan ver cuán profunda es su confusión y su miedo ante lo desconocido e imprevisible.

Sin éxito, los gobernantes, diplomáticos, funcionarios internacionales y muchos intelectuales de un extremo al otro del espectro político e ideológico intentan comprender lo que está pasando. Y ello se debería a que lo hacen aferrándose casi con desesperación a paradigmas teóricos y referentes doctrinales propios de una era que, como a diario se puede constatar, ya no es la actual. En vano recurren a términos propios de los tiempos de la “guerra fría” o de la teoría del “choque de civilizaciones” para orientarse ante lo que ocurre y, como no podía ser de otro modo, no logran más que incurrir en simplificaciones, contradicciones e incoherencias que, aunque con notables excepciones, ponen en duda la solvencia de casi todos los líderes del mundo actual.

Así, tan lejanos de la realidad resultan los afanes de los sectores más conservadores que en cada manifestación popular creen ver la mano tétrica del “terrorismo islámico” como los de quienes desde el otro extremo aseguran que es la mano del “imperialismo” la que mueve los hilos de lo que ocurre entre Túnez y Libia y de todo lo que sin duda todavía está por ocurrir.

Mientras tanto, todos los déspotas que hasta ahora gobernaron los países islámicos, sin importar la corriente religiosa, política, ideológica o cultural con la que hayan legitimado sus respectivas tiranías, son avasallados por jóvenes que, también por encima y a pesar de sus diversas formas de pensar, comparten la ira contra quienes abusaron de su poder y les cerraban las puertas al futuro. Y comparten también la decisión de hacer historia.

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