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lunes, 5 de octubre de 2009

cuando todo el mundo echa flores a Lula por haber logrado los JJOO 2016 para Brasil, Cayetano Llovet presenta a "Su Majestad Lula..."


En entrevista a CNN, Andrés Oppenheimer analizaba la situación de Honduras y mencionaba el concurso de hipocresías que se está dando en torno a ese conflicto.

En primer lugar, la hipocresía de Zelaya que anda vendiendo la mercancía de la democracia cuando todos sabemos que el proyecto que estaba buscando para Honduras --siguiendo el guión venezolano-- tiene de democrático lo que un prostíbulo contiene de virginidades.

La de Micheletti, que resultó con cabecita militar, decretando estados de sitio y cerrando medios de comunicación, ¡precisamente el elemento más irritante que ha caracterizado a los regímenes con proyecto totalitario! Y habló de Brasil. Comparto el criterio de Oppenheimer de que la hipocresía de Lula es, entre todas, la que ocupa, sin disputa, el primer lugar. Pero hay que ir entendiendo, porque el tema de Honduras no es el problema chiquito de un país chiquito, sino la síntesis de toda una problemática regional bastante complicada.

El primer elemento a rescatar es que el golpe de Estado –porque de un golpe se trató-- no fue contra un Presidente, sino contra todo un proyecto regional liderado por Hugo Chávez, y que tiene como premisa la llegada a la presidencia por elecciones y como objetivo la afirmación de dictaduras vitalicias con base plebiscitaria. No es nada extraño que, con lo de Honduras, el impacto testicular lo hubiera sentido más Chávez que Zelaya.

Segundo: el organismo regional natural para el tratamiento del caso, la OEA, desnudó toda su ineficiencia, incapacidad y, finalmente, su inutilidad, reflejadas de manera dramática en la triste figura de su Secretario General, fallido candidato en Chile, José Miguel Insulza, que encarna maravillosamente la imagen de decadencia política y de días finales de la propia OEA.

Tercero: la famosa Carta Democrática Interamericana, hoy esgrimida en Honduras, aparece más manoseada que toalla de cantina si uno se pone a ver las experiencias de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, desde luego Cuba, y Ecuador. Si con carta y todo, se ha podido atropellar en esos países aspectos esenciales de la institucionalidad democrática; si, como en Bolivia, se puede liquidar nada menos que al Tribunal Constitucional, Corte Suprema de Justicia, judicializar el conjunto de la política, instrumentalizar el Ministerio Público, sin que pase nada, esa carta debe ocupar el lugar privilegiado que se le da al papel al lado de los inodoros.

Cuarto: a Lula no le importa la democracia, ¡le importa el papel de su país! Si le importara la democracia, no hubiera participado cínicamente en un proceso electoral en Venezuela, a favor de Chávez, que de demócrata tiene lo que yo de hermoso, ni hubiera estado participando en la campaña de Evo en El Chapare, orlado con hojas de coca, sabiendo que su amigo estaba instalado en plena campaña electoral.

Tampoco le importa la injerencia, porque ha decidido, con la complacencia expresa de Estados Unidos, demostrar que Brasil es la potencia de la región. ¿Alguien puede creer que el papel de la embajada brasileña en Tegucigalpa, desde donde arenga Zelaya, luciendo sus alarmantes limitaciones intelectuales, no constituye una clara injerencia?

Brasil se está exhibiendo. Es el imperio regional y Lula el emperador. Y que no quepan dudas: su acuerdo militar con Francia de más de doce mil millones de dólares deja a Chávez como piojo tuerto con sus compras a Rusia. Y Lula está disfrutando su papel: el obrero siderúrgico ya no es sólo Presidente: ¡es Emperador! De cuarta, y en una región de quinta… ¡pero algo es algo!

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