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jueves, 15 de octubre de 2009

Argentina le debe entre otoros a su prensa el sitial que ocupa en el mundo, asegura La Nación ante críticas desaprensivas que han provocado "malestar"

Pocas veces los medios masivos de comunicación, el periodismo y los periodistas han sido criticados con más saña, y no menos liviandad, que a lo largo del debate de la precipitada ley de servicios audiovisuales. Sin embargo, pocas veces, como en esa oportunidad, nos hemos sentido más honrados por la función que este diario ejerce ante la sociedad argentina desde su fundación, próxima a cumplir 140 años.

La crítica a la prensa ha sido de carácter general y, en algún caso, ha estado individualizada, colocando a LA NACION en el centro de los ataques. Nos engañaríamos, con todo, si creyéramos que ha habido algo que debamos agradecer en medio del charco que iban dejando las exposiciones oficialistas.

Las deliberaciones en el Congreso de la Nación han sido tan patéticas como para que quien disponga de un cierto apego por las mejores tradiciones políticas argentinas y por los valores de la libertad de expresión sienta un malestar irreprimible. El oficialismo de los últimos cinco años ha trabajado en una línea que desde George Orwell en adelante ha sido suficientemente descripta: se miente y se miente, con tan incesante creatividad, que el pasado, con sus graduales modificaciones, es tan actual como el presente.

Lo menos que podría decirse es que la mayoría de los legisladores en ambas cámaras pasaron por alto el repudio manifiesto de la ciudadanía a la política gubernamental en los comicios del 28 de junio último. Tomaron así como un voto de confianza para perseverar en la acción que ha llevado al país a un punto inimaginable lo que fue, en cambio, un llamado de atención estentóreo a fin de que se reoriente de una vez por todas la acción de gobierno.

En este espacio hemos analizado con reiteración el texto de la ley aprobada y expuesto nuestra opinión contraria a una decisión apresurada e incompatible con los principios básicos del orden constitucional del país. Entre ellos figuran la prohibición de censura y las garantías para que el derecho de propiedad no se convierta en letra muerta. Es lo que podría ocurrir con las inversiones de permisionarios de radios o canales de televisión a los que se resuelva apartar en los términos perentorios y estrechos que estipula una ley con disposiciones inconstitucionales como la que acaba de sancionarse.

Por lo dicho, preferimos acentuar el comentario de hoy en el asombro que han causado las acusaciones genéricas contra el periodismo. Han sido hechas, en no pocos casos, por legisladores cuyo desempeño ha sido de un grado de seriedad congruente con la tenacidad con la cual giran de posiciones según los vientos dominantes de la política. Convengamos que algunas de las situaciones vividas durante las deliberaciones del Senado se han hecho acreedoras de páginas antológicas.

Aquellos legisladores no han estado en absoluta soledad, es justo reconocerlo. Los ha acompañado un coro de supuestos especialistas en medios de comunicación cuya temeridad al disparar agravios contra el periodismo es, además de flagrante, equivalente a la vacuidad de los fundamentos que esgrimen para afirmar que toda la prensa miente.

Desde luego que hay, y en todo tiempo ha habido, una prensa que jamás estaría en condiciones de conquistar la credibilidad de la ciudadanía, sobre todo en las franjas en que se halla más sedimentada la conciencia de la responsabilidad cívica que impele a reclamar no sólo derechos que ejercer, sino también deberes que cumplir. El periodismo, como cualquier otra actividad, es, en definitiva, una expresión de la sociedad en que se genera. No es mejor ni peor que ella. Así también, los gobiernos que se suceden constituyen el síntoma más elocuente del punto de maduración que atraviesa la Nación en cada una de sus etapas.

Lejos estamos, pues, de la voluntad de asumir la defensa en pleno de todos los integrantes de la prensa nacional. Pero situaciones como la que se vive, en lugar de plantearnos la revisión de nuestras prácticas periodísticas, gravitan como un motivo de orgullo legítimo y de estímulo para seguir siendo parte del historial periodístico que ha prestado reconocidos servicios a la República. Eso es independiente de los errores que puedan haberse cometido a lo largo de 140 años y que se reiteran, sin duda, casi a diario, como en toda obra humana a pesar de los esfuerzos para entregar lo mejor de nosotros mismos.

Lo que jamás alcanzará para quedar borrado por la gritería o los énfasis de advenedizos es que, desde hace más de cien años, el periodismo argentino ha logrado un relieve internacional notable como consecuencia de la pujanza y talento de sucesivas generaciones de periodistas y hombres de bien. Desde la perspectiva trazada por la significación de su prensa, la Argentina integra desde hace más de un siglo el elenco indiscutible de países del primer mundo.

Es ése el gran aporte de la prensa nacional al reflejo en el mundo de la cultura de los argentinos.


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