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miércoles, 9 de noviembre de 2011

el jesuíta José Gramunt de hablar pausado y sonoro, nos lleva sin equívoco a calificar la relación Bolivia Brasil de poco transparentes a la luz de los sucesos del TIPNIS y de una carretera cuestionada a todas luces

Tengo la idea formada de que los brasileños, en general, gozan de un carácter afable, comunicativo, alegre y amistoso. Y éste es el concepto que se tiene en Bolivia sobre nuestros vecinos.

Sin embargo, a raíz de los escandaletes que van saliendo a flote alrededor del proyecto de carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, uno cae en la cuenta de que en todas partes hay gente, por lo menos sospechosa, lo que le lleva a confirmar que “en todas partes cuecen habas” como dice el refrán. Y desde que se ha hecho más visible la política expansionista que dirige la experimentada Cancillería brasileña, más conocida como Itamaraty, la política del país vecino, ha crecido también un sentimiento de suspicacia a la operación antiecológica que, a regañadientes Don Evo se vio forzado a revocar, bajo la presión de los indígenas orientales.

A modo de curiosidad, un artículo publicado por el New York Times, bajo la firma de Sara Shahiari, ha mundializado la palabra aymara, “llunku” para referirse a la obsecuencia de Evo Morales a la política expansiva brasileña. En efecto, Brasil impulsa proyectos de virtual penetración, en Argentina, Bolivia, Colombia, Guayana y Perú.

Tampoco debe haberle resultado muy grato al Sr. Presidente, que a dicho proyecto se le haya apodado -antes de acabar su construcción-, con el nombre de “transcocaleira”. Huelgan mayores explicaciones. La autora del artículo mencionado recoge la opinión de algunos políticos bolivianos, exseguidores del MAS quienes están convencidos de que, “justo cuando China está consolidando su hegemonía en Asia, Brasil quiere hacer lo mismo en América Latina”. Lo cual no nos sorprende supuesto que nuestro vecino cuenta con 200 millones de habitantes y lleva varias décadas un ritmo de desarrollo impresionante.

Las cosas tienen más gravedad que la cuestión de unos apodos, muy atinados por cierto, a medida en que se hacen más conocidas las irregularidades del contrato suscrito con la firma brasileña OAS. Entre los perfiles de esta empresa se le achaca el haber financiado la campaña electoral de Evo Morales. También se la acusa de haber incumplido otros dos proyectos camineros: Potosí-Uyuni y Potosí-Tarija. Sin hablar de la falta de un diseño, de los estudios de pre y factibilidad, así como del incumplimiento de la licitación que manda la ley en la obra pública, en el caso de la carretera del TIPNIS. Este comportamiento le ha merecido a la citada empresa brasileña, el título de “bandeirante” o invasora. Cuando Kissinguer vino al Brasil, hace tres décadas -cuenta la articulista mencionada más arriba- advirtió a sus anfitriones que podrían acabar más temidos que amados por sus vecinos. Ahora Brasil se ha comprometido en una política que no le ganará muchos amigos. Sobre todo si se vale de empresas como la OAS para su política expansiva. Preferiríamos que las relaciones con Brasil fueran más transparentes.

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