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domingo, 1 de mayo de 2011

Carlos Mesa asegura que "nunca en la historia" ha estado Tiahuanaku tal mal tratado como ahora. "es una verguenza"


Es tiempo de que los funcionarios oficiales demuestren en el ámbito de las culturas una coherencia con sus discursos de preservación y puesta en valor de aquellos lugares que son tan sensibles para su propia visión sobre la importancia de lo indígena y su rica historia
Un embajador acreditado en Bolivia que tiene un particular aprecio por el país y por sus extraordinarias culturas, ha optado por no llevar a Tiwanaku a quienes llegan de su país. La razón es contundente. El estado de deterioro, suciedad, falta de comodidades mínimas y la sensación de abandono son tales, que la impresión que uno se lleva de la visita es contraproducente. El embajador tiene razón. Tiwanaku da vergüenza.
Bastaría con recordar la situación calamitosa del museo donde por razones de “mejor preservación” se trasladó entre otras piezas monumentales el extraordinario monolito Benett, sujeto hoy al drama de la humedad y las goteras, cual si se tratase de un pobre inquilino desocupado y viejo. Si la Puerta del Sol, el referente simbólico del complejo y de la identidad prehispánica andina de Bolivia, está atacada por hongos que están literalmente comiéndose la parte superior de su cara posterior, es poco más lo que se puede añadir a esta catástrofe que pone en evidencia el abismo entre la retórica y la realidad.
Por dos veces los ideólogos del actual Gobierno escogieron Tiwanaku para la “coronación” del Presidente. Lo hicieron con una intención muy evidente, construir un lazo profundo entre Morales y la historia indígena, cuyo punto inexcusable y más importante es sin duda Tiwanaku. Tuvieron incluso el cuidado (la primera vez, porque la segunda la “ceremonia” tuvo mayores similitudes con Hollywood que con un ritual andino) de hacer que el mandatario se vistiera con un traje tomado de los modelos textiles tiwanakotas recuperados de un pasado milenario. El mensaje quizás desmesurado, parecía en lo que toca a esta reflexión, garantizar que este centro histórico, que es reconocido como patrimonio de la humanidad, recuperaría su lugar central como atractivo turístico y punto focal de nuestro pasado, lo que implicaba dos cosas, un presupuesto para excavaciones y trabajos, sobre todo en la pirámide de Akapana, y una inversión en la infraestructura turística que debía incluir la restauración y limpieza del museo principal, una limpieza de su entorno salpicado de construcciones precarias y horribles y, por supuesto, la habilitación de espacios de descanso, comida y aseo para los visitantes.
Nada de eso ha ocurrido, por el contrario, durante la actual gestión de Gobierno todo se ha deteriorado más de lo que estaba y la administración del complejo ha sido motivo de una batalla campal. Las graves deficiencias de manejo estatal por un lado y las aún peores y más irresponsables del municipio y la comunidad, pusieron en evidencia la absoluta carencia de una política de culturas en cuestión de tal trascendencia. Ya la Unesco ha echado –con toda razón– el grito en el cielo ante lo escandaloso del asunto.
El primer razonamiento que salta a la vista es que Tiwanaku amerita una inversión muy grande que requiere de un aporte estatal y un aporte internacional, dado que no es un centro arqueológico de rango continental, sino mundial. Pero sin voluntad política, sin idoneidad, sin un mínimo de seriedad del interesado, Bolivia, difícil será que el interés mostrado en el emprendimiento por varias naciones se pueda concretar.
Es absolutamente inadmisible que los caprichos de un pueblo no sólo pongan en vilo una política de trabajo tan importante, sino que en los hechos impidan la tarea del Estado. Pero a la vez es inaceptable que éste no haya actuado de manera categórica. Tiwanaku es patrimonio nacional, su manejo técnico, científico y aún turístico debe ser hecho desde el Estado bajo condiciones y políticas sujetas a los intereses del Estado.
Que el municipio y la comunidad de Tiwanaku deben beneficiarse de los ingresos turísticos del complejo, sin duda alguna, lo que está muy lejos de querer decir manejar el centro a su arbitrio. Una cosa es la participación en un directorio, el conocimiento y aporte en las políticas referidas a su administración, la definición de un porcentaje importante de los ingresos en su favor, y otra muy distinta es convertir el lugar en un coto cerrado. Ahora bien ¿Mostró el Gobierno capacidad a través de sus instancias respectivas de hacerlo mejor?
Es tiempo de que los funcionarios oficiales demuestren en el ámbito de las culturas una coherencia con sus discursos de preservación y puesta en valor de aquellos lugares que son tan sensibles para su propia visión sobre la importancia de lo indígena y su rica historia. Es tiempo de que haga efectivo el principio de autoridad, el mismo que exhibe con tanta soltura en otros lugares de la geografía nacional, y que imponga en aras de un valor superior su presencia donde innegablemente ésta debe sentirse.
Si en 2006 el Presidente fue personalmente a una planta de gas y leyó un decreto delante de un cartel muy grande que decía “nacionalizado”, no estaría mal que vaya personalmente al complejo arqueológico, no ya vestido a la usanza del antiguo Tiwanaku, sino con la autoridad que le confiere el cargo que inviste y el peso simbólico que le dieron allí y que –con cartel o sin él– establezca la nacionalización de Tiwanaku, hoy “propiedad” de una minúscula parte de la comunidad boliviana.
Ojalá que en un tiempo razonablemente corto el embajador pueda llevar a sus visitantes a Tiwanaku sin sentir vergüenza ajena.

El autor fue Presidente de la República

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