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martes, 3 de marzo de 2015

Dante Pino nos relata otros tiempos, su trabajo en el Banco Central, el acarreo del dinero y los cambios, aunque previene "ciertos cambios no los quiero"

Toda la revolución que estamos viviendo muestra una serie de cambios substanciales que modifican de manera profunda nuestra cultura y creencias con las que hemos venido conviviendo estos años. Yo recuerdo cuando ingresé al Banco Central de Bolivia, allá por el año 1972, un año después de que el general Banzer derrocara al general Torres, las máquinas calculadoras mecánicas con las que trabajamos, los libros de contabilidad como enormes biblias en los cuales había que escribir, las cintas kilométricas llamadas huinchas, que debíamos recorrer cuando saltaba una diferencia. Y cada uno de nosotros en el departamento de contabilidad era una pieza del conjunto, de cuyo resultado dependía el final del día. 

Como era joven, 22 años, y quería unos pesos extras, siempre me brindaba para llevar remesas, es decir, dinero en maletas para llenar la bóveda de los bancos en las provincias, esas maletas se depositaban en los vagones del tren, nos daban una dotación de revolver con el tambor lleno de balas y listo, a dejar el encargo. 

Una vez llegué a Tupiza casi al amanecer y no había un alma esperándome, el tren me dejó con tres maletas llenas de dinero, me quedé parado, en medio de la nada esperando un milagro, que se presentó bajo la forma de un buen hombre con una carreta, que sirvió para llevar las maletas a duras penas, hasta la sucursal del Banco del Estado. Tuve que golpear la puerta con la cacha del revólver y gritar que me abran. Salió el encargado somnoliento y le entregué el dinero. No sé si alguien en el pueblo se enteró, pero en esas maletas había como tres millones de pesos bolivianos. 

Casi al medio de los ochenta cuando el Banco Central decidió mudarse a su nuevo edificio, justo al frente del que ahora se ha convertido en la sede de la Vicepresidencia de la República, los libros, huinchas, las maquinas mecánicas, comenzaron a mudar por otras, electro-mecánicas, eran más rápidas y las operaciones se podían contabilizar mejor, las comunicaciones mejoraron, ya no se usaba el “cambio y fuera” gritando, se podía hablar con calma y la administración decidió comenzar a usar las computadoras, habilitando un enorme espacio para albergar enormes cajas con cintas grandes, donde llegaron los ingenieros que comenzaron a darnos claves y signos para hacer el trabajo más fácil, lo que no fue cierto, porque se hizo más complicado y ese principio fue el caos tratando de ordenarse. Pero el progreso se abrió paso junto con las formas que se hicieron más agiles y con mejor contenido. 

Pasar de lo mecánico a lo electro-mecánico y luego a la computación e informática ha sido una revolución en todos los sentidos de mi vida. En cada ocasión, mi generación ha tenido que saber acomodarse, reaccionar y aplicar la nueva realidad en su manera de ver el mundo, de relacionarse y de convivir. Quizás eso explica nuestra conducta generacional de aceptar el cambio permanente como algo normal y cotidiano, pensando que lo que tenemos ahora cambiará mañana sin mayor trauma. 

Me pregunto si esa remesa que llevé a Tupiza en tres maletas con tres millones de pesos en ellas, y sin que haya sucedido nada, ahora sería posible hacer sin que nadie se entere. Utilizo mi android y transfiero o recibo dinero sin salir de casa, pago mis cuentas y espero que llegue mi pizza, compro boletos para el cine, envío mensajes a cualquier parte del mundo, me informo al minuto sobre lo que acontece y ya nada me causa impresión, porque lo que pasa aquí sucede allí. 

Lo que no puedo aceptar aún, es la permisividad social para sostener a un grupo de personas, que manipulando el voto, se hacen del gobierno y delinquen y agreden y roban y asesinan usando toda la tecnología que tenemos para engañar, tergiversar y hacernos creer que estamos en el mejor de los mundos, como si todo ello fuera parte del cambio que queremos.

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