Google+ Followers

domingo, 8 de marzo de 2015

basado en unas ideasexpuesta por Natalia Fernández, Carlos Mesa explaya su pensmiento sobre "la nueva burquesía aymara" tomando como referente la ciudad de El Alto cuyo crecimiento tiene que ver con la preponderancia quéchua - aymara también en SC y otras regiones de Bolivia.

Natalia Fernández escribe un sugerente artículo titulado “La nueva burguesía de la globalización aymara” en la que hace el análisis de una realidad que tiene que ver con las transformaciones de Bolivia en los últimos años. Valgan algunos apuntes sobre el tema.
Quien haya visto el crecimiento de la ciudad de El Alto (fundada en 1985) sabe que este fenómeno no es el producto de una varita mágica que tocó a la urbe en enero de 2006. Ya en el año de su creación El Alto, entonces y hoy parte consustancial de La Paz, contaba con más de 350.000 habitantes. La permanente agregación de la dinámica económica quechua-aymara, no sólo en su región de origen sino en todo el territorio nacional, tiene que ver con elocuentes políticas de Estado, la más obvia la ejercida en la década de 1950, denominada colonización de tierras bajas que se ejecutó con políticas dirigidas de migración de población andina a los llanos.
En los años 90, dos circuitos fundamentales de comercio y servicios estaban ya copados por importantes cadenas de poder económico andino, los mercados de abasto y el transporte tanto pesado como de pasajeros. Me tocó, siendo Presidente, asistir al desfile departamental de Santa Cruz (2004). El paso de los integrantes de los sindicatos y organizaciones de los mercados, comerciantes minoristas y otros -el 90 por ciento de ellos quechuas y aymaras- era interminable. Estaba claro que en la capital oriental, en Montero, Warnes y otras poblaciones importantes de la región, la presencia de poderosos comerciantes de las alturas era ya una realidad incuestionable. Esos circuitos de abasto y transporte ya asentados, recibieron un impulso extraordinario durante el actual Gobierno en dos direcciones: la primera y más importante, su afirmación por la vía del reconocimiento explícito y el orgullo de copar de manera significativa los espacios más importantes del poder político; la segunda, el ciclo de bonanza económica que multiplicó por cinco el tamaño de la economía del país con el efecto consiguiente.
Contamos en Bolivia con innumerables ejemplos de una presencia cada vez más dominante de una sociedad indígena y mestiza que tiene presencia relevante en varios sectores. En la producción agroindustrial baste ver el norte integrado cruceño y su participación de pequeña, mediana y gran producción en la soya, arroz, etc. En la producción textil, especialmente en pequeños y medianos núcleos productivos alteños y de otras ciudades. Presencia dominante, cuando no excluyente, en comercio y transporte en todo el territorio nacional. Presencia crucial en los puntos más calientes de la economía      –nuestras fronteras– que están en el borde de la legalidad o en la ilegalidad explícita. Es muy difícil entender los mecanismos de movimiento económico en puntos como Yacuiba, Cobija, o Pisiga, sin el circuito de control de esa nueva burguesía. Recordemos, en la otra punta, los boyantes mercados de la Eloy Salmón, la Huyustus, la Cancha o las Siete Calles.
La presunción de que es un fenómeno nuevo es, sin duda, una falsificación de la historia. Se trata de un proceso de agregación que viene gestándose desde hace décadas, al que el nuevo modelo político le ha conferido una identidad específica (que no es poco). La sedimentación de esa construcción se expresa en la arquitectura estridente y espectacular de los salones de fiestas alteños, de los ya populares “cholets”, en la explosión cargada de orgullo de sus grandes fiestas. Explosión que se subraya hoy pero que viene de una larga y profunda historia anterior.
La “nueva burguesía” no es tan nueva, pero en lo que es muy antigua es en sus fundamentos. Su vitalidad está fundamentada en una deidad milenaria, la misma de los fenicios, la que sistematizó un filósofo de la economía en el siglo XVIII, su dios se llama Mercado, su magia y sus poderes están basados en dos pilares mágicos y “perfectos”: oferta y demanda, que se mueven a partir de una premisa de oro, libertad, expresada en la libre oferta y demanda y la sacrosanta propiedad privada. Ese dios, el Mercado, sin regulación ni control de ninguna naturaleza, genera efectos benéficos y perversos. La sociedad andina diseminada en toda nuestra geografía transmite esos efectos. La economía crece y se multiplica. Comercio y servicios son parte de ese reino que muestra un vigor admirable. Pero también crecen y se multiplican la corrupción y las acciones delincuenciales. También crece y se multiplica el abuso de quienes trabajan bajo ese régimen que no pueden ejercer ninguno de los derechos del Código del Trabajo.
La nueva burguesía quechua-aymara, mestiza ya en sus patrones culturales, no es ni mejor ni peor que aquella a la que sucede o con la que aún comparte espacios. Lo que sí está fuera de toda duda es que esa clase emergente no tiene nada que ver con la complementariedad andina y la retórica de los sagrados y casi perfectos valores originarios prehispánicos.

No hay comentarios: