Llunkherío supremo o sinceridad no más…



Arturo Yañez Cortes

Dicen que la mujer del César no solo debe ser sino debe parecer, pero… en plena inauguración del año judicial 2017, nada más ni nada menos que el Presidente del Tribunal Supremo de Justicia –la cabeza del más alto tribunal de justicia ordinaria del país- le metió no más que: “Me alegro que esté nuestro presidente Evo Morales Ayma. Admiro la gestión que él ha desempeñado en esta última década. Solo de la talla como él puede hacer una verdadera revolución en el campo de la justicia, en un trabajo conjunto entre los tres órganos del Estado”.

¿Fue un acto de sinceridad o una prueba más de vergonzoso llunkherío supremo? A much@s no les extrañó en lo mínimo tal declaración –los abogados diríamos a confesión espontánea, relevo de pruebas- a la vista del desempeño de ese tribunal y del sistema de administración de justicia (salvando honrosas excepciones). Para otros, entre los que me incluyo, ese panegírico indigna a los que creemos (no es que pensemos que aquí exista) en un estado genuinamente democrático que implica, separación de poderes.

Entiendo perfectamente que como cualquier ciudadan@, el panegirista tenga afectos, desafectos y/o admiraciones por quien le dé la gana. El problema es que no se trata de un ciudadano cualquiera, sino se trata de un servidor público, que representa por el cargo que ejerce, a un órgano de poder que no ha sido establecido para atarle los watos a su jefazo, sino más bien para ponerle límites al ejercicio de su poder, por lo que al menos en un acto público de esa naturaleza, debería –aunque sea hipócritamente, como a veces ocurre en esos actos- personificar al tercero imparcial y no como esa penosa intervención lo patentiza, proceder como activo militante del proceso de cambio, entrenado para el sistemático llunkherío público a su jefazo.

Al admirador se le juntó la gula con las ganas de comer y, olvidó no solo la esencia de su función de juez (tercero imparcial), sino hizo exactamente lo contrario de aquella famosa máxima con la que empecé esta opinión, autodescalificándose de manera ingenua como pública para resolver causas en las que exista un interés de su idolatrado jefazo o de su administración e incluso, sus amores azules podrían costarle el cargo, puesto que la Ley del Órgano Judicial (Ley No. 025 vigente desde junio de 2010) e incluso la CPE establecen prohibiciones e incompatibilidades. Su art. 236.II, le prohíbe actuar cuando sus intereses (personales) entren en conflicto con los de la entidad donde presta sus servicios.

Además, la ley citada establece entre las causales de incompatibilidad para el ejercicio de la función judicial, ejercer actividad política o sindical, lo que –dice la ley- “significa renuncia tácita a la función judicial y anula sus actos jurisdiccionales…”

Demás está decir que la misma CPE, prácticamente todos los instrumentos internacionales vigentes y la Ley del Órgano Judicial, franquean el derecho a todos los ciudadanos, para ser oídos y eventualmente juzgados por autoridades jurisdiccionales que sean independientes (la función judicial no está sometida a ningún otro órgano de poder público, dice como significado expreso el art. 3.2 de la Ley No. 025) e imparciales, dice también textualmente: “las autoridades jurisdiccionales se deben a la Constitución, a las leyes y a los asuntos que sean de su conocimiento, se resolverán sin interferencia de ninguna naturaleza, sin prejuicio, discriminación o trato diferenciado que los separe de su objetividad y sentido de justicia”.

Sí, ya sé que aquí el cumplimiento de las normas es un exotismo, pero aunque se trate de un acto de ingenua sinceridad o de supremo llunkherío, al provenir de quien vino y en las circunstancias formuladas, no debiera ser otra anécdota más y en un arranque tardío de dignidad, debiera acarrear la renuncia del panegirista, para dedicarse a lo que le gusta. ¿O será como dice Karen Arauz?: “Nadie, que no convierta su columna vertebral en una bisagra aduladora, tiene chance de ser convocado a prestar sus servicios a la Patria”.